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Vidas anonimas

MI VIDA

Y voló la imaginación,

con la punta de los dedos tocaba el infinito,

formas, dibujos, abtracciones, mi mundo,

un crisol multicolor y delante yo,

no era catarsis emocional, era real,

sueño, de pronto cae la flor en el fango. . .

En 1968 vine al mundo,  año de convulsiones y desasosiego, en el seno de una familia humilde nací y en un barrio obrero de la capital hispalense eche los dientes y crecí, la convivencia por aquellas latitudes no era fácil, Amelia se llama mi madre, salvaguardo todo aquello y más, incluso hasta donde no pudo llegar, Felix que así se llama mi padre, apenas veía, siempre trabajando de sol a sol, para darnos la oportunidad que él nunca tuvo, ahora con la experiencia y el paso del tiempo, puedo decir, el esfuerzo sobrehumano que hicieron mis padres por sacarnos a mi hermano y a mí de aquel suburbio,  yo soy lo que soy hoy, gracias a ellos, la transhumancia de yonkis, el trapicheo de droga y el olor a hachis era cotidiano,  salías a jugar y la heroína te preguntaba: ¿Como te llamas?, teníamos que tener cuidado sobre todo al fútbol, una caída podía ser mortal, a pesar del valdeo que daban las madres a un patio interior que era donde jugábamos, las jeringillas siempre estaban al hacecho, por todas partes, en la misma calle había una tienda de ultramarinos, vendia de todo, también ultramarinos, el trasiego de “colgados” era impresionante, alguna que otra noche nos despertaban la voces, peleas y sirenas de policía.

Tendría unos ocho años, el camino a la escuela que debía tomar nunca lo cogía y sí lo hacía en contadas veces, la razón simple, era el más largo pero también el más seguro, mi madre siempre insistía, pero yo ni caso a pesar de varios sustos, la distancia entre el cole y mi casa, podría de ser de un kilometro he de confesar que el único estupefaciente que he probado en mi vida y en ocaciones muy puntuales son los llamados “cigarrillos de la felicidad” a pesar de tener todo y a la mano, como el va al campo a coger espárragos trigeros.

La carencia mira con recelo la angustia y esta a la desesperación, agudizando el sentido de supervivencia, por tanto es facil entender, la ley del más fuerte.

Siendo un mocoso nunca fui aceptado por las pandillas del barrio nunca me asimilaron como uno más, mi circulo social empezaba en el colegio y se cerraba en papa y mamá y mi hermano Juan, mi gran amigo. en el plano académico era mal estudiante pero muy inteligente, lástima que la  flojera y desidia ganaran la partida, al menos era lo que le cotaban los profesores a mí madre, en las aulas era un tipo inquieto, vivaracho y poco payasete,  incluso me atrevía a tocar las narices aquellos que la tocaban “Los abusones”, a pesar de mi afilado sentido del humor, haber sido aceptado y tener cierto liderazgo en la tribu, no fue suficiente para un aislamiento sin autismo forjando una identidad propia que no necesitara de fieles escuderos que aplaudieran mis ocurrencias, lo recuerdo como si fuese ayer…

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